De montaña a mar, de mar a montaña (5)

caballo de troya 2

Por Ulises Besonense

Frente a este mar, y gozando del “castigo” de no poder surcar el “puente” que une la Constitución (gran fiesta civil) con la Inmaculada (gran fiesta religiosa) -por más que los de la primera se digan “laicos” y los de la segunda, de boca para afuera, afirmen que no se entrecruzan en el ámbito de lo político- repaso mentalmente, como tantas veces, el relato épico de Homero:

Cuéntame, Musa, de aquel varón, de múltiple ingenio, que anduvo peregrinando muchísimo tiempo, destruida ya la sagrada Troya. Vio las ciudades y conoció las costumbres de muchos hombres. Y en el mar padeció incontables y grandes calamidades” (I, 1-4)

Y es que no se puede -ni cuando estaban “sacralizados”, ni ahora “secularizados” e instituidos en el santo templo de la política y Administraciones- irritar a los dioses. Ulises había irritado a Poseidón, dios de los mares. Los “okupas” y los de La Makabra, al dios de la “propiedad”, pensaba yo en azul frente al mismo mar.

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Poseidón

Éste es un dios más fuerte y poderoso que Poseidón. Viene a ser como Júpiter, porque tiene poder sobre el mar y sobre la tierra. De especial manera, sobre los territorios por recalificar. Si te enfrentas a él, no hay diosa que te proteja. Ni la mismísima Atenea, la de los ojos glaucos. A no ser que, frente al astuto Ulises, que es capaz de introducirse en Troya/ Can Ricart sin caballo de madera y aprovechando la dulce encrucijada de un Vermut vecinal, la bella diosa tome hoy por ropaje el de las entidades vecinales y, ante la inventada historia del astuto rey de Itaca, le responda:

“… acariciándole con la mano y, semejante a una muchacha hermosa y apuesta, diestra en labores espléndidas: Muy astuto habría de ser quien te aventajara en cualquier clase de ardides, aunque fuese un dios quien te saliera al encuentro. ¡Audaz, taimado, irremediablemente tramposo!… Pero no hablemos más de ello, que ambos somos peritos en astucias” (XIII, 287-297)

Me vuelvo hacia la ciudad y espero en la incertidumbre de que el palacio conquistado sea el de Itaca y no una nueva desgracia tramada por Poseidón o Júpiter golpendo con el rayo

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