CRÓNICA SOCIAL ROCIERA. UN CAMBIO DE VARA
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Por Frank Jaireche
Las hermandades rocieras en Catalunya proliferaron al calor de la devoción de los andaluces arraigados por todo el territorio catalán. Hoy día es una devoción seguida por ciento de personas y sus núcleos sociales se extienden por todo el país.
De modo y manera que, siguiendo de igual modo el ejemplo de la Feria de Abril, cada año los rocieros celebran en la festividad de Pascua de Pentecostés –la segunda Pascua- la romería en honor de la Blanca Paloma. Siguiendo el ritual de lo que se realiza en Almonte, en las marismas, también aquí se camina tras las carretas de los Simpecados de las Hermandades hasta el lugar que se ha erigido como Rocío de Catalunya. Con los años el lugar ha ido cambiando, pero de una década a esta parte se concentra en los alrededores de Monmeló.
Las actividades de las Hermandades rocieras en Catalunya varía de una a otra, pero en común suelen tener, un domingo al mes, la misa “rociera”; actividades relacionadas con temas sociales y culturales (cante flamenco, baile…) y, una vez al año, el cambio de vara. La vara es signo de la autoridad. El hermano/a mayor de la hermandad luce en los actos religiosos la vara de su cargo. Como tal cargo no es vitalicio sino anual, cuando el mandato cumple, el hermano/a mayor saliente –en una ceremonia protocolaria- pasa el testigo de gobierno al hermano/a mayor entrante, entregándole el signo de la responsabilidad asumida: la vara. La vara es el bastón que por insignia usaban los ministros de la justicia o de algún otro cargo. En los ritos ceremoniosos católicos (en procesiones de semana santa, sobre todo) han venido a constituir el signo de quien dentro de esa hermandad detenta un poder o jerarquía.
Me gustan las misas rocieras. Sus coros, con frecuencia bien acoplados y afinados; la música de sus guitarras y el ritmo del tamboril; sus vestidos andaluces de faralaes, en las mujeres, y de estricta línea de “jueves santo” en los hombres, ponen una nota de color y elegancia en el ambiente ceremonioso de los templos.
Por estos lares del Besòs, que yo conozca, hay como mínimo tres hermandades rocieras. La del “Santo Ángel” en la iglesia de Sant Paulí, en la calle Alfons Magnànim; la Pastora del Alba, en el margen izquierdo del Besòs; y la hermandad rociera de la Rocina, en la iglesia de Mare de Déu de les Neus, en el barrio de la Mina.
En esta última se celebró el sábado pasado, 20 de enero, el cambio de vara. Bien. Todo bien, por lo que pertoca a unas personas que mantienen unas creencias, una cultura y unos vínculos con un culto y un lugar. Lo que no me agradó, en absoluto, es la descarada “colonización política” del acto. Estamos por un Estado laico y, mirando hacia atrás con ira, constatamos el lastre que aún colea en las relaciones Iglesia-Estado del aún persistente nacionalcatolicismo. Lo que vi el sábado sería algo así como un populismo religioso socialista. Os cuento.
Los primeros bancos del templo estuvieron “oficiosa y realmente” reservados para las “autoridades políticas” asistentes. Si la asistencia a misas “rocieras” otorga “méritos espirituales” el bondadoso José María Sala tiene un buen capital. En ellas siempre va al frente de la delegación socialista. Cada cual es libre de asistir a lo que quiera. Los políticos, también. Pero, por favor, dejen tranquilo al personal. Que un cargo territorial socialista hiciera de maestro de ceremonia leyendo la lista de todos los políticos asistentes de las diferentes administraciones es pasarse. Por homenajear imponiendo medallas homenajearon hasta al gerente de la empresa pública Tersa (la incineradora del Besòs)
Joder, joder…. ¡cuanto debe domesticar las subvenciones! Yo sigo diciendo lo de siempre: las militancias y creencias que cada cual se las pague. Libre se va más ligero para hacer el camino ¿Sí o no, rocieros?


