Ese muro que no acaba de caer. La última novela de J.F. Ruiz Mata

La Plata
Barriada de la Plata.Jerez

Texto: José F. Marín Rodríguez
Fotos: Borja Cantos Lepe

A Mari Luz Puente, profesora del IES “Barri Besòs”, por esa lectura compartida de El muro,
y al coro de amigos y amigas que seguimos en ella.

Ruiz Mata ha escrito una novela actual y directa que nos sirve, aparte de su valor literario, para comprender nuestro reciente pasado colocando ante nuestra mirada situaciones y realidades que, por cercanas, a veces no vemos o, tal vez, no queramos mirar.

Como el héroe que, tras vencer al dragón que asolaba a la comarca, se sienta en una piedra a pensar en lo que será en adelante su existencia ahora que ya no tiene pueblo que defender ni bestia a la que destruir, la protagonista de esta historia se sienta una tarde a repasar su vida en un momento en que ya sus hijos se han marchado de casa y su marido vive una vida que le es ajena. Ella, que solo supo vivir para su familia, siente el peso del nido vacío.
Poco a poco se va desgranando una historia de frustraciones en la que aparecen los últimos coletazos de la dictadura franquista y los años de la transición, con un abuelo opresor, con un marido luchador en las calles pero déspota con su familia, con unos personajes que han sido el germen de la sociedad actual.

Una novela que aporta datos sobre el papel que la mujer ha representado, y en demasiados casos aún representa, en un tiempo que tenemos muy próximo.

(De la contraportada de la presente edición. Ruiz Mata, José: El muro, Salobreña (Granada), Alhulia, 2006)

José Ruiz Mata (Jerez, 1953) es un escritor conocido de nuestros lectores y territorio de los barrios de la ribera del Besòs. Hace unos años coincidimos en esos encuentros nunca quebrados entre los territorios de la ribera del Besòs y los barrios de la zona Sur de Jerez de la Frontera. Expusimos aquí las referencias pertinentes a la obra de Ruiz Mata hasta el momento (2004) y su trabajo como director de la revista de literatura Tierra de Nadie y de su suplemento Poesía Andaluza Viva I, Barataria 2004 (Cfr.José Fco. Marín Rodríguez: “El contexto urbano y social en la novela Semilla de Áloe, de José F. Ruiz Mata”: www.forumriberabesos.net/antiga)

El muro es una novela escrita en primera persona. Es un repaso a la vida y a su sentido en tantos momentos de soledad y duda que entrelazan y unen nuestros “papeles representados” de cada día. En este caso es una mujer que, muy al contrario de la Penélope de Ulises, teje (hace punto) sin destejer, porque ella no espera ya que su “Ulises” vuelva (sin haber marchado) aunque, en el fondo, le ilusiona más allá de retener de él la parte que le pertoca para seguir estando aquí, en este su “mundo”, recluida, sin engañarse con otros mundos construidos para que no te turbe la frustración final. Ella prefiere “hacer punto”…

La novela de Ruiz Mata es amablemente dura. Con una construcción narrativa compleja y conseguida, pero envuelta en una aparente sencillez. Pero no es sólo esta introspección de la protagonista lo que hace de El muro una novela interesante, sino, también, la construcción histórica de la sociedad y la historia en donde se ha desarrollado la vida de esta mujer.

Ella es consciente de que el cuidado de hijos, casa, marido (que se entiende con otra) se acabó y le queda envejecer en la soledad de su casa; y no quiere engañarse o “distraerse” con los bailes de media tarde, el bingo y los talleres de macramé.

El marido con los años ha vuelto a “reencontrarse” con el padre “opresor” y se ha refugiado o conectado con su familia. Ella no tiene familia, más allá de sus hijos. La vuelta a “los suyos” sería aceptar o iniciar la relación que le ofrece su tío Jaime (viejo, fracasado, desencantado de la “carajota” de su mujer), que se quedó con la casa y las echó, a ella y a su madre, a la calle, y les arrebató su parte en el negocio familiar (la imprenta). Ella no claudica volviendo a ese refugio “sentimental”.

Ha cuidado de la casa (del nido) y de los hijos (en la enfermedad, en las alegrías, en la educación, en la presencia representativa como madre en la escuela…) Ha criado a sus hijos. La hija está casada; el hijo se ha ido a estudiar lejos (a Granada). El papel de”compañera de su marido” ha ido –a través de décadas- debilitándose y quedando reducido a cuidar a los niños y ser su acompañante (por imperativo de no quedarse sola los fines de semana militantes de él y, al tiempo, vigilar que no se lo “conquisten”) en actos sindicales y políticos. Una vez que él pudo montar su pequeño negocio, y alejado de la vida militante, ella ha quedado reducida a la “mujer que espera en casa la llegada del varón”.

Sola con su orgullo herido (“a fuerza de aguantar cada vez protestas menos”) y “sometida” (”..plantar cara…. si le pegara“) se consuela pensando que su situación pudiera ser peor. Todo ello es su gran debilidad, su muro por demoler; frustrada en sus aspiraciones que pudieron ser realidad y que sacrificó por los demás. Le hubiera gustado estudiar o tener un oficio, pero, finalmente, intenta consolarse:

Después de todo mi vida no ha sido tan mal… No, la vida está bien como me ha venido y no puedo quejarme” (p. 10)

En la estructura narrativa de la novela es muy interesante el tiempo real en el que Ruiz Mata enmarca su relato. Todo lo que nos cuenta (ese mundo interior del personaje) transcurre en una tarde. Esta tarde aparece en segmentos o momentos temporales, dándonos con ello un descanso en el recorrido constante del presente al pasado, y marcando el transcurso del tiempo real. Todo bien hilvanado y entrelazado:

Ya estoy cansada de tanto punto. ¿Qué hora será? Todavía es temprano. No tengo ganas de café, pero si ahora no lo tomo luego me apetece y se me junta con la cena…” (p. 42)

Y ella sigue con sus cábalas. La tarde se alarga.

Aún es temprano, pero no me apetece seguir con el punto…. Si al menos me apeteciese salir, pero no, para aburrirme en otro lado mejor me quedo aquí. Rafa era novio de… ¿Cómo se llamaba?” (p.92)

Y nueva pausa en su soliloquio interior, echando una mirada al presente por unos momentos:

Mis vecinas Laura, Isabel y Tere reciben clases de baile de salón….” (p.147)

Hasta el momento que deja de hacer punto y se queda, como se quedaban su abuela y, después, su madre –en ese mundo recluido de las mujeres- sola con sus penas:

Al final siempre termino con lo mismo, y no quiero, no quiero pensar en tanta amargura, necesito que mi mente vague en libertad, sin traerme nada más que recuerdos que me hagan pasar la tarde más o menos entretenida entre el café, la costura, el punto, la cocina, pero sin llantos, sin remordimientos, sin pena…” (p. 187)

Tiro el punto al rincón más lejano, cruzo las manos y me quedo sin hacer nada, sin pensar en nada, sin sentir nada, sin padecer nada” (p.194)

Los personajes que conforman el mundo de la protagonista construyen un coro que hace emerger los antecedentes sociales del Sur y de Jerez de la Frontera, en particular; así como, al tiempo, la transformación social, desde el final de la dictadura franquista a la democracia, pasando por el complejo mundo intermedio de la transición. Es un fresco realista en el que se puede, incluso, ir descubriendo –por el lector más vinculado al territorio y ciudad de Jerez- momentos, situaciones y personajes. Con todo, casi todos ellos tienen, también, un perfil bien definido mucho más allá de lo local. Hay creaciones al contraluz del personaje principal muy bien definidas. Señalamos algunas de ellas.

El abuelo

El abuelo del personaje principal con quien ha convivido toda su infancia, ante la ausencia de un padre innominado, es su principal referente masculino:

“… era un hombre alto y delgado, siempre estaba serio, como si nada del mundo le atrajera, como si todos le estuviésemos molestando con nuestra presencia, como si todos estuviésemos equivocados menos él” (p. 13)

• “Cuando mi madre o la abuela me decía: Ve, que el abuelo quiere verte”, a mí se me encogía el corazón, no de miedo, aunque también, sino de respeto, de un respeto como si entrara en un sitio prohibido. El abuelo nunca me pegó, ni siquiera me llegó nunca a castigar, pero su sola mirada era suficiente como para que yo sintiese el peso de todas las culpas de mi inestable conciencia” (p. 14)

Él, aunque presente para la comida, la siesta y la cena, es constantemente una ausencia presente opresora. Se nos detalla cómo ha llegado a tener un lugar en la ciudad, “construyéndose” a sí mismo a través de los diferentes periodos (económicos y políticos) de su larga vida.

- Antes de la guerra civil: “Cuentan que antes de la guerra fue contrabandista; una historia que una se entera de mayor…” (p. 30) Hablan de dos muertes a sus espaldas; negocio de contrabandista, servicios a terratenientes, desahucios… (“el dinero se lava con la herencia…”)

* Durante el golpe franquistala y guerra : “Cuando estalló la guerra, mi abuelo se puso de parte de los golpistas, apostando a la carta ganadora (p. 32); colaborador de la derecha tras el golpe de estado de Franco; artífice de las purgas; Jefe del Movimiento Nacional en Jerez… (p. 32)

Fue en la obra literaria producida por Ruiz Mata donde por primera vez vi por escrito , mucho antes de que nadie hablara públicamente de la “Memoria histórica”, temas y situaciones relacionados con la represión franquista en Jerez. Ese gran y vergonzoso silencio de la ciudad. En la presente novela también trae a la “memoria” lo que aquello fue:

A la mujer la condujeron al hospital de Santa Isabel para que diese a luz bajo vigilancia… la sacaron por la puesta de atrás del hospital y le pegaron un tiro sobre el muro del convento de la Merced” (p. 33)

El dueño de la citada imprenta fue ejecutado… cayeron sus hermanos, sobrinos… toda la familia fue ejecutada” (Ibíd)

* En la larga dictadura franquista consolida su patrimonio y “reputación”: Robo de la imprenta y periódico que fue incautado por los vencedores; privatización posterior de la prensa falangista que dirige, pasando a ser un diario propiedad particular (p. 33) Usurero de los pobres a través de “don Pedro”; sobornos. Nacido para presidir: hermandades, Juegos florales,: (p. 34)

Y, cuando llegó el momento, supo que el país había entrado en una nueva etapa:

Mi abuelo dejó todos sus cargos en la Falange..” (p. 35)

Todo un personaje del que su nieta dibuja la “falsa imagen externa” proyectada sobre su verdadera personalidad:

Así era el abuelo que yo conocí: serio, honrado, trabajador, hombre de casa y amigo de sus amigos, que nunca hablaba públicamente mal de nadie, iba todos los domingos a la iglesia, participaba en los oficios religiosos, ayunaba en Cuaresma, seguía procesionando en el Corpus y con su vara de hermano mayor en Semana Santa, participaba en las campañas de Cáritas y se decía ser querido y respetado por todos sus trabajadores” (p. 35)

El padre se esfumó:

No conocí a mi padre, y no es que muriera antes de nacer yo, es que era como si hubiera muerto” (p. 12)

El tío Jaime, hermano de la madre, muerto el abuelo –su padre- se queda con todo el negocio y beneficios; y muerta la abuela expulsa a su hermana y sobrina de la casa familiar.

El marido, Emilio, es una persona, de joven, inquieta social y políticamente, que va pasando por diferentes movimientos progresistas y/o clandestinos (desde la “Unió Democrática del soldado” – al hacer la mili- a espacios políticos cristianos) Más tarde, el “manita” del Partido Comunista local; el hombre para todos los recados y faenas a quien nadie, nunca, reconocerá sus méritos y trabajo. Más tarde, olvidado por todos. Y, finalmente, tras pasar por la lucha del Sindicato Obrero del Campo (SOC), dedicará sus esfuerzos a una pequeña empresa:

Por no tener otra cosa, se dedicó a su empresa con el mismo ahínco que antes al Partido… quería recuperar el tiempo que ya no iba a volver” (p.143)

Un marido que no la valora y que, en el grupo de gente progre, ella ha quedado como la tonta. Emilio es una persona que tiene su moral y coherencia política; alguien que no ha militado a la “espera del reparto” (democrático) de los beneficios de cargos y sueldos:

La otra tarde Emilio vino temprano y me llevó a merendar al centro. No sé por qué se me ocurrió preguntarle si no hubiese tenido una buena carrera cambiándose de partido a tiempo, como habían hecho otros, y ahora estaría de concejal o en la Diputación en algún cargo de responsabilidad y con un buen sueldo…. Tras un rato de silencio me contestó que el político debería ser un empleo al servicio de la sociedad, en cambio somos los ciudadanos los que estamos al servicio de los políticos, padeciendo o gozando de sus decisiones… “(p. 72)

El suegro, hombre tosco y soberbio; autoritario, machista y muy religioso, quien, finalmente, se reconcilia con su hijo:

… Emilio hace ahora muy buenas migas con su padre, resulta que ya no es el tirano que era, que ya no oprime a su madre ni es un déspota con sus hijos” (p. 65)

La abuela es la persona que la acompañará durante toda su vida. Antes y después de morir. Esta mujer eficaz y, al tiempo, sumisa a su marido, se remueve antes de morir echando fuera todo el canto que llevaba dentro y que durante toda su vida le habían prohibido. Escena magistralmente narrada la de la muerte de la abuela cantando como respuesta de liberación a su vida oprimida.

Junto a la abuela me sentía protegida, ella amparaba a nuestra familia con su pequeño manto…” (p. 50) “… sin hacerse visible… era como si hubiese pasado por esta vida sin haber llegado a materializarse…. yo notaba su presencia en todos los sitios… Incluso después de morir” (p. 51)

La madre es otro de los personajes que configuran ese mundo de la mujer recluida entre las paredes de su casa que con tanto acierto dibuja en su novela Ruiz Mata:

Mi madre siempre había sido una mujer de carácter alegre y de fuerte genio… El refino lo montó porque de algo teníamos que vivir, pero le pesaba eso de atender a la clientela, a ella nunca se le quitó el sellito de estar criada en casa grande, aunque llevaba su sino con resignación y paciencia “(p. 11)

De ella se irá alejando paulatinamente:

Yo no sé cuando comencé a alejarme de mi madre, aunque creo que nunca me llevé bien con ella, con la abuela sí, pero con mi madre nunca llegué a conectar” (p. 136)
La verdad es que con mi madre podría haberme llevado mejor, pero hay algo entre nosotras que se levanta como una barrera, una barrera que a nuestra edad deberíamos vencer…” (p. 139)

Menciono, por el coro femenino que forman en ese “repensar” su vida desde la soledad, las compañeras más directas de nuestro personaje: Rosa, amiga, aunque no leal en todo; y su enemiga y rival de siempre por el marido, Conchi. Y un personaje que también se dio en esta época novelada tan finamente por Ruiz Mata: el/la “niño/a” de casa bien que, como una moda, milita en movimientos de izquierda hasta que decide “ordenar” su vida. Y los “caraduras” de siempre y en cualquier lugar: del norte y del sur, en las izquierdas y en las derechas. Ruiz Mata dibuja un aprovechado de izquierda, al socaire de la “revolución” que estaba por llegar, que es una estampa fresca de un pasado muy reciente. Y el “cambio político de camisa” a tiempo para medrar (en el espectro facista y en el de la democracia)

Lugares y territorios en la novela El muro:

El espacio y territorio descritos en las novelas de Ruiz Mata me atraen. No es por tratarse, generalmente, del sur y de la ciudad de Jerez de la Frontera, citada explícitamente o no. Posiblemente sea, por esa dependencia determinante, casi, de los personajes y su medio. Por verse en sus obras con facilidad y maestría lo que, explicado desde las ciencias sociales y/o técnicas, comportaría –por decir algo- un montón de volúmenes. Admiro esas pinceladas sencillas y profundas que hacen emerger ante nosotros la realidad compleja como la vida misma. Desconozco si se ha hecho ese estudio literario de la interrelación de espacio y territorio, trama y personajes de la narrativa de Ruiz Mata. Sería interesante y, respecto a otros autores que mueven su creación en idéntico medio, interrelacionarlos haciendo emerger ese Jerez “literario”. Hace unos días, coincidiendo con él en un curso impartido en el MACBA, asistí a la exposición que Manuel Asensi hizo del mundo literario de Marsé como configurador de la imagen de Barcelona. Interesantísimo.

Leyendo El muro hemos puesto atención, como en su momento hicimos con Semilla de Áloe en el recorrido por el espacio urbano en el que se mueven los personajes creados por Ruiz Mata.

La calle Palomar, una calle con historia y mucha trastienda silenciada:

Calle Palomar. Jerez de la Frontera Andalucía.(Cádiz. España)

“…resulta que en la calle Palomar había, durante la República, una industria en la que imprimían una especie de pequeño periódico, que aunque no era declaradamente de izquierdas, tenía el prurito de ser independiente, circunstancia que provocó la rápida intervención de la Falange en cuanto cambiaron los tiempos. El dueño de la citada imprenta fue ejecutado… cayeron sus hermanos, sobrinos… toda la familia fue ejecutada” (p. 33)

La arquitectura y gente de las casas de vecinos:

“Emilio y yo habíamos alquilado un par de habitaciones en una casa de vecinos de la calle Niebla, una casa tranquila en la que vivían pocos inquilinos y que tenía un pequeño patio en la entrada. Nosotros vivíamos al fondo y y por las tardes nos veíamos allí los del Partido y leíamos los comunicados… Recuerdo la primera noche que pasamos en aquella casa.” (p.15)

Son varios los barrios que configuraron el Jerez de la inmediata posguerra los que aparecen como espacio de pertenencia de nuestro personaje en un momento u otro de su vida.

Barriada de La Plata

La barriada de la Plata, donde su madre, expulsada por su hermano de la casa familiar, muerto el padre, compró su propia casa. Ello gracia a una cantidad de dinero que la abuela le había dado en secreto. Seguramente, un pequeño capitalito ahorrado por la abuela, fruto de las “sisas” de la compra diaria de toda su vida de casada. Con este dinero su madre compra el piso y abre un refino en el barrio de la Plata:

Mi madre, con unos ahorrillos que la abuela le había ido dando… se compró un pisito en el barrio de la Plata, un piso de protección oficial, pequeño y en un bloque de gente humilde pero que empezaban a aparentar… Una barriada que siempre me había sonado remota, como si estuviese en otro pueblo, como si su construcción no tuviese nada que ver con gente como yo, una barriada del extrarradio edificada para los que hasta entonces no había tenido casa y yo si la tenía, tenía la casa de mi abuelo. Pero la barriada me había salido al encuentro…”

La barriada de la Guita aparece con este nombre que la sabiduría popular le dio y no con la pomposa denominación impuesta por las autoridades de la dictadura. Nombre que deja patente para la historia una chanza críticamente “subversiva”, a través del humor popular, a la calidad de las viviendas construidas en aquellos momentos por el régimen franquista:

Porque éste le dijo en una ocasión que venía andando desde la barriada de la Guita…” (p.103)

La Parra Veja, el bar con encanto -de siempre, no de ahora- del barrio San Miguel, de Jerez de la Frontera:

Bar "La Parra Vieja". Jerez de la Frontera (Cádiz..Andaucía.España)

Conocí a Emilio en La parra vieja, un bar del siglo XIX con techos altos, esbeltas columnas de hierro forjado, mostrador grande, sillas y mesas de madera oscura, suelos en losas blancas y negras y visillos en las ventanas y en los cristales de las puertas
(p.26)
“… después me enteré de que aquel bar constituía el centro de reunión para una célula del partido…” (Ibíd.)

Bar "La Parra Vieja". Jerez de la Frontera (Cádiz..Andalucía.España)

Para concluir: ese muro que rodea a la mujer.

Ruiz Mata ha escrito una muy buena novela en la que presenta el análisis profundo de esas situaciones condicionantes que han enmurado a la mujer. Lo hace con unas referencias al pasado y al contexto del presente que deja el amargo testimonio de todo lo que aún queda de ese muro por derribar. Nos ha presentado no solamente el mundo de una mujer “enmurada” del sur, sino que, tras su imagen, nos ha hecho un minucioso cuadro del mundo de tantísimas mujeres de diferentes lugares, culturas y clases sociales. Y ha ahondado en ese mundo, sumergido y cerrado, de las mujeres de la casa sometidas -¿hasta hace poco?- al macho:

Ahora que lo pienso, mis tardes se han vuelto tan silenciosas como las tardes de la casa del abuelo, aunque ya no tengo a quien respetarle el sueño. Entonces, por las tardes, me quedaba con mi madre en la salita a verlas coser y escuchar muy bajita la radionovela… Mi abuela, mientras tanto, fregaba y arreglaba la cocina… la cocina era el territorio de las mujeres…” (p. 17)

Un mundo y una cultura, casi clandestinos, siempre amenazado por la posible irrupción del abuelo-padre-marido-patrón. Un territorio, el de la casa, en constante servicio de limpieza, sobre el que hay responsabilidad, pero no relación de derecho ni esencial pertenencia. De la casa, a los oficios religiosos; y entre merienda y cena, diariamente, en la oscuridad de las habitaciones, el rezo obligado de toda la familia del santo rosario. Todo ello en una cargada atmósfera de “secretos”: vida anterior del abuelo, causa de la ausencia del padre, visitas del señor que se responsabilizaba del dinero que el abuelo prestaba usureramente a las personas sin recursos y con problemas…

No hay nada como el no conocer, no hay nada como creerte que el mundo son las cuatro paredes de tu casa, que aquí no se viene nada más que a guisar y a planchar…. mentalidad de esclavo….” (p. 46)

Tras nuestro personaje aparecen largas generaciones de mujeres que conforman la familia:

Acordarme de la abuela me ayudaba… Y ella sonreía, solo sonreía, pero detrás de su cara podía ver las largas generaciones de mujeres de nuestra familia. Mujeres que nos hemos quedado embarazada, que hemos parido, que hemos cuidado de nuestra casa, de nuestros maridos, que nos hemos muerto o nos estamos muriendo, pero siempre habrá otra para sustituir a la que falte. Que pena que mi Casandra no conociese a la abuela “(p. 75)

Las oía hablar con una seguridad que me enorgullecía ser mujer. Mujeres jornaleras

Un descubrimiento, que le llenará de orgullo, en las últimas etapas militantes del marido, a quien nuestro personaje acompaña en sus reuniones por los pueblos de la Sierra –Villamartín (Cádiz), en concreto- y Marinaleda, es la fuerza de las mujeres jornaleras:

Y las de más empuje resultaban las mujeres, capaces de cocinar para los más viejos y para los niños sin probar un bocado durante días, mujeres conscientes de su papel en su familia,, en el pueblo, en la sociedad; mujeres jornaleras como sus maridos y que luego tenían fuerza para llevar la casa. Las oía hablar con una seguridad que me enorgullecía ser mujer” (p. 146)

El muro presenta la vida de una mujer a la que, como a tantas otras, nunca se le consideró en sí misma, sino como “la nieta de “, “la compañera de”, “la madre de”. Ella -siempre valorada como una persona de última fila- con todo un potencial humano y social que, con los años de vida reprimida y oprimida, se le irá pudriendo dentro de sí. Tras unos efímeros años de libertad durante su juventud en los que, compañera de su novio, vivirá la rebeldía política contra la dictadura franquista, en reuniones clandestinas en La parra vieja y acciones furtivas de confección de propaganda subversiva contra la dictadura, quedará recluída, al quedarse embarazada, al servicio total de los que la rodean. Sintiendo el fiasco, no solo de su vida sino, también, del proceso político:

De ahí que nuestros padres tenían por fuerza que golpearse la frente con una juventud que venía empujando, que necesitaba darle respuestas a muchas preguntas, que no se conformaba con la opresión que se le imponía desde el Gobierno. Ya no resultaba suficiente decir: “las cosas son así, qué le vamos hacer” (p. 23)

Tras la muerte del dictador y la transición hacia la democracia representativa, todo en lo social iba a cambiar sin que nada dejara, en el fondo, de ser lo mismo. Lo mismo, sobre todo, para ella en su situación de mujer “encarcelada” por un muro de ciento de circunstancias económicas, culturales y sociales, que no la dejaran salir al espacio abierto y libre de su propia ser: dependencia económica de madre y marido; incluso es esa primera etapa en la que es ella quien realmente trae el dinero (por el trabajo con su madre) a casa es él quien –sin problema- en esta situación puede dedicarse con libertad a su militancia; ella, trabajando y responsable de la casa, embarazada,….. Todo a un tiempo fragua, realmente, un gran muro.

José F. Ruiz Mata ha escrito una novela que a su valor literario añade la virtud, en su compleja sencillez, de poder ser un vehículo pedagógico de enseñanza para todos. Para hombres “maduros” (ser o haber sido “progresista” no es sinónimo -ni mucho menos- de ser persona que construye libertad a su alrededor (y, menos, respecto a la mujer); para mujeres maduras, para que rompan “muros” que, a veces, quieren ignorar o aceptar (como la protagonista de la novela). De una manera especial, una novela para que (en ese valor pedagógico añadido) los jóvenes descubran muchas cosas.

(Lástima de la edición tan poco cuidada realizada por la editorial. Muchísimas faltas tipográficas y ortográficas -la informática es un tesoro y un demonio, al tiempo- que debe responder a una edición rápida y sin adecuada corrección. Con lo cuidadosa que son las ediciones que el autor de la novela realiza en su revista Tierra de Nadie y otras, ésta de su novela realizada por la editorial Alhulia le habrá hecho sufrir muchísimo)

Para acabar, algo relacionado con los barrios del Besòs y la novela de Ruiz Mata

Uno de esos días durante la lectura, casi colectiva, de la novela de Ruiz Mata llegó a casa una pareja joven, antiguos alumnos del IES “Barri Besòs”, con sus hijos. Les hablo y muestro la novela y les señalo páginas. Sorpresa. Hace 30 años, al finalizar el bachillerato, habían realizado un viaje en grupo con un profesor por la sierra de Grazalema para conocer en directo la realidad, en ese momento, de la Andalucía rural. Pernoctaron dos días en Villamartín y asistieron a una asamblea del Sindicato Obrero de Campo (SOC). Lo recuerdan –me dicen- como si fuera hoy mismo. ¡Y aquel local…!

Un domingo fuimos temprano a una reunión del sindicato en Villamartín…. El centro de la reunión en Villamartín era un viejo y amplio bodegón que regentaban los miembros del sindicato. El local tenía unos altos escalones de piedra en la entrada y el mostrador resultaba más grande de lo normal, tanto de ancho como de alto. El suelo era de hormigón en basto, y a lo largo de la estancias lucía unos robustos arcos encalados que dividían en dos el espacio. El techo, ya ennegracido por los años, mantenía aún sus vigas, sus alfajías, y su telarañas. Todo me resultaba demasiado grande y viejo,… Nos sentamos en unas sillas verdes de postal típica andaluza,…” (p. 159)

Nos miramos y pensamos: ¡que pequeño y mágico es el mundo! Como la universalidad de la historia que Ruiz Mata nos cuenta en su novela.

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